Otra vez estaba todo metido en cajas. Cada vez eran más tediosas y más sencillas. Se habían acumulado más libros, más discos, más ropa, más fotos, más, más y más que alargaban la tarea. Pero la experiencia de todas las anteriores, hacían que todo fuera mucho más rápido. Empaquetando y desempaquetando. Decidiendo qué tirar y qué volver a transportar. La familia nómada había aprendido a vivir como en un cámping durante unas semanas, que se podían alargar hasta ser unos meses. Nunca el refrán que dice "ojos que no ven, corazón que no siente" se hacía tan real y patente.
Sin embargo, no podían aplicarlo aún a las personas que dejaban atrás, en el antiguo barrio. Siempre se les llenaban los ojos de lágrimas y aunque toda la familia vivía emocionada la llegada de la nueva etapa, no podían evitar echar de menos a los que dejaban. Un día, se dieron por fin cuenta de que hay plantas que viven en la tierra y otras que viven en macetas. Ellos eran de los que podían ser trasladados. Y podían comportarse como plantas: unas veces, no les gustaba de entrada la nueva ubicación y se ponían mustias, otras preferían más agua o más luz. Pero todas las veces, terminaron creciendo verdes.
El problema de las mudanzas es siempre la despedida. Nos aferramos demasiado a las cosas materiales, creamos recuerdos en lugares. No importa dónde se esté, lo importante es estar con quien quieres y con quien te quiere.
Este blog se lo quiero dedicar a todas esas personas que han pasado por nuestra vida haciendo más sencilla la tarea de seguir creciendo verdes. Os vamos a echar de menos. Pero ahora podréis venir a Rostockgrad o al Polo Norte de vacaciones. Y veréis que no importa dónde esté, que al contrario que Don Pablos, mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.
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